El 2 de Agosto de 2008, nació un héroe. El personaje anónimo salió en defensa de una mujer agredida y tornó en celebridad al terminar en coma. Nobles y plebeyos admiraron entonces públicamente su hazaña, alabando generosos su valentía y virtud. Y no hubo rincón en el Reino que no conociese de su gesta y amargo final. Durante meses, la plebe lamentó la suerte del paladín, maldiciendo a los hados por depararle tan injusto destino. Así sufría el vulgo en eternos días de incertidumbre, temeroso de un trágico desenlace, implorando a los Dioses por la vida del campeón. Y en su magnanimidad, éstos se conmovieron hasta atender sus plegarias. Se obró el milagro. Despertó el héroe de su letargo y todos se regocijaron. Hubo festejos donde le agasajaron, regalándole palabras afectuosas y amables. Le ordenaron caballero y le fueron rendidos mil honores. Y así, regresaron al quehacer cotidiano. Y vivieron felices...
Hasta que un día, cuestionó el dogma y se acabó el cuento. El otrora icono de la lucha contra la violencia de género, vivo ejemplo de civismo democrático para niños y niñas, consideró un fraude la aprobación por consenso de la Constitución. Un apaño entre miembros de la Casta, un enjuague carente de legitimidad. Falsa democracia. Y se permitió además arremeter contra parte del espectro político, recordando indignidades de antaño.
Y entonces, el héroe fue repudiado. La grey recordó que, en realidad, sus hazañas no fueron tales, ni tanta su virtud. Al azar o el destino se debía su escaso mérito. No quedaba ya caballero sin tacha, sino vulgar maleante. Inocentes y sutiles rumores parecían revelar su auténtico rostro: el paladín era un rufián. Algunos clamaron por su destierro. Los más, exigieron la restitución de todo reconocimiento o presente. Y al tratar de explicarse, una lluvia de desperdicios mancilló para siempre su armadura. Así perdió nuestro héroe el favor del pueblo. Así descubrió el precio de encarnar un ideal.
Y entonces, el héroe fue repudiado. La grey recordó que, en realidad, sus hazañas no fueron tales, ni tanta su virtud. Al azar o el destino se debía su escaso mérito. No quedaba ya caballero sin tacha, sino vulgar maleante. Inocentes y sutiles rumores parecían revelar su auténtico rostro: el paladín era un rufián. Algunos clamaron por su destierro. Los más, exigieron la restitución de todo reconocimiento o presente. Y al tratar de explicarse, una lluvia de desperdicios mancilló para siempre su armadura. Así perdió nuestro héroe el favor del pueblo. Así descubrió el precio de encarnar un ideal.
